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Tres fases en el pensamiento de Lucas Alamán

Parece inevitable que, a pesar del conocimiento aportado por la historia académica, ciertas etiquetas fáciles sobre figuras políticas del pasado mexicano reaparezcan una y otra vez en la esfera pública. Una de esas etiquetas es la de Lucas Alamán (1792-1853), el importante político, diplomático, empresario e historiador guanajuatense, como “conservador” o “padre del conservadurismo”.

Por lo general, cuando se produce esa etiquetación, desde el presente político, se busca asociar a Alamán con una corriente única, siempre igual a sí misma, que arrancaría en la primera mitad del siglo XIX con el centralismo o el monarquismo, intentaría vencer al liberalismo en la guerra civil y, luego de fracasar en su apuesta por el imperio de Maximiliano, habría desembocado en el porfirismo.

Según este relato maniqueo y anti-histórico, aquel conservadurismo esbozado por Alamán en las primeras décadas del México independiente habría encontrado actualizaciones en las derechas católicas y contrarrevolucionarias de inicios del siglo XX, habría acompañado a Manuel Gómez Morín en la fundación del PAN y acabaría engrosando el anticomunismo de la segunda mitad del siglo XX.

La historiografía académica, en cambio, ha insistido en que no hubo un Alamán sino varios. Estudios como los de Antonio de la Peña y Reyes, José C. Valadés, Francisco Calderón, Robert A. Potash, Andrés Lira y, más recientemente, Eric Van Young, presentan la evolución política e ideológica del político de Guanajuato, entre 1821, cuando interviene como diputado americano en las Cortes de Madrid, y 1852, cuando diseña el proyecto de la dictadura de Antonio López de Santa Anna, como una trayectoria cambiante.

En las Cortes de Madrid, durante el Trienio Liberal, Alamán fue partidario de la autonomía de los reinos americanos y de la regulación de la minería. Aquella primera fase de su pensamiento podría enmarcarse en el liberalismo gaditano, contenido en la Constitución de Cádiz de 1812, restablecida en esos tres años, y con más de una semejanza con el liberalismo europeo posterior al Congreso de Viena.

A partir de 1823, cuando Alamán es nombrado secretario de Estado y del Despacho de Relaciones Interiores y Exteriores, cargo en que fue ratificado al año siguiente por el presidente Guadalupe Victoria, el político mexicano se inscribe en la corriente del primer republicanismo hispanoamericano, encabezada por Simón Bolívar en la Gran Colombia.

Ese Alamán republicano protagoniza la fase más prolongada de su pensamiento, por lo menos, hasta los años 1840. En sus dos gestiones al frente de la Secretaría de Estado, primero entre 1823 y 1825 y luego entre 1830 y 1832, Alamán defendió la unión de las repúblicas hispanoamericanas, las relaciones con el imperio del Brasil, el reconocimiento de la independencia de México en Europa y el vínculo prioritario con Gran Bretaña y Estados Unidos.

En términos de política interna se trazó como objetivos el fomento de la industria textil nacional, la fabricación de papel, la renovación de la minería, la agricultura y la ganadería y la creación del Banco de Avío. También impulsó, desde la Junta General de Industria Nacional, medidas aduanales y arancelarias proteccionistas, para favorecer la producción doméstica. En un conocido artículo en la revista Historia Mexicana, en 1985, Francisco Calderón decía que Alamán era, en todo caso, precursor de la política económica del desarrollo estabilizador priista.

La última fase del pensamiento de Alamán es la que correspondería un poco más a los estereotipos de la opinión pública. Desde los periódicos El Tiempo y El Universal, a mediados de los 1840, llegó a defender la monarquía. Pero su proyecto de dictadura, en 1852, como se lee en el tomo quinto de la monumental Historia de México, era, al fin y al cabo, republicano: un Sila o presidente todopoderoso y una pentarquía constituyente. 

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